
Madre contra corriente
7 de noviembre de 2025
Aguas en resistencia, territorios-cuerpos en sanación: luttes des defensoras-sanadoras du CNI au Mexique
10 de noviembre de 2025Al amanecer, en las orillas del lago Atitlán, se suele ver a mujeres caminando. En una mano, una lata vacía; en la otra, una botella rescatada del agua. Algunas llevan faldas bordadas con flores de colores, otras un simple pañuelo atado a la cintura. Se agachan, levantan un puñado de plástico y siguen su camino. Antes de entrar al agua, la saludan con un gesto. Aquí se dice que hay que besar a la abuela lago antes de sumergirse en ella.
Desde hace más de dieciséis años, estas mujeres indígenas tz’utujiles, reunidas en el colectivo Tz’unun Ya’, cuidan de Atitlán. Se las conoce como Las Guardianas del Lago. Recogen desechos, denuncian construcciones ilegales, educan a sus vecinos e interpelan a las autoridades. Su lucha va más allá de la ecología: para ellas, el agua es una anciana, fuente de vida y de memoria del pueblo.
Un tesoro amenazado
Considerado uno de los lagos más bellos del mundo, rodeado por tres majestuosos volcanes, Atitlán atrae cada año a miles de visitantes. Poetas y pintores lo han descrito como un espejo de los dioses, pero detrás de la postal, se esconde una realidad inquietante: el lago se asfixia.
Desde 2009, los científicos alertan sobre la proliferación de cianobacterias, algas verde-azules que empobrecen el oxígeno y alteran el ecosistema. La causa: una eutrofización acelerada. Fertilizantes, pesticidas, aguas residuales y plásticos se acumulan en sus aguas. Los peces mueren por miles, los cangrejos desaparecen. Para las familias, esto significa platos vacíos y agua peligrosa.
«Somos las comunidades indígenas, mayoritariamente expuestas a la contaminación, toxicidad, residuos y plásticos, quienes sufrimos un sistema de opresión institucional», denuncia Nancy González, coordinadora del colectivo.
Más de 350 000 personas, en su mayoría mayas tz’utujiles y kaqchiqueles, viven desde hace siglos en las riberas del lago. Cuando los turistas se marchan después de un fin de semana, los pueblos indígenas permanecen y enfrentan cada día esta contaminación.
Herencia y cosmovisión
Para las comunidades mayas, el agua no es una mercancía. Está viva y su papel es sagrado. En el Popol Vuh, libro fundacional del pueblo, el Creador habita en el agua, donde germinó la vida. Los ríos se describen como venas que alimentan la tierra.
Nancy González recuerda a su abuela centenaria, proveniente de una familia de pescadores: «Ella me contaba sobre la abundancia del lago, de los peces que se atrapaban solos en pozas improvisadas en la arena. Por la tarde había que vender la pesca en el mercado. Esos relatos me formaron. El agua es parte de nuestra genealogía».
Aquí, al lago se le llama abuela. Se le habla, se le besa antes de bañarse. Proteger Atitlán es cuidar de un ser vivo, portador de memorias y saberes.
Las mujeres al frente
Si las Guardianas se movilizan, no es por un activismo abstracto sino por instinto de supervivencia. «Las mujeres tenemos una sensibilidad particular», explica Nancy. «Lo hacemos porque el agua es vida. Sin ella, no podemos sobrevivir».
El colectivo nació a inicios de los años 2000. Ya en 2008 impulsaba campañas de educación para enseñar a separar los desechos. Entre sus logros, en 2016, San Pedro La Laguna se convirtió, gracias a su movilización, en el primer municipio de Guatemala en prohibir las bolsas plásticas.
También desarrollaron soluciones locales para tratar las aguas residuales: fosas sépticas, pozos de absorción, registros de control. En lugar de esperar grandes infraestructuras nunca construidas, optaron por tecnologías adaptadas a cada hogar.
Estos gestos concretos recuerdan que la defensa del lago se realiza tanto desde la pedagogía como desde la resistencia. A menudo son los niños quienes participan en las limpiezas de la ribera, aprendiendo desde pequeños que proteger el agua es proteger su futuro.
Resistir al extractivismo
Pero la batalla de Las Guardianas no se limita a los desechos. En 2016, un proyecto de megacolector estuvo a punto de convertir al lago en mercancía.
Impulsado por la ONG Asociación Amigos del Lago de Atitlán (AALA), financiado por grandes empresas como Cementos Progreso y Pollo Campero, el proyecto prometía «salvar» al lago al exportar sus aguas residuales fuera de la cuenca. En realidad, nada garantizaba que sus aguas no fueran vendidas con fines privados.
Para imponer su visión, los promotores usaron varias estrategias: gaslighting («ustedes están contra el lago»), desprestigio («sus argumentos no son científicos»), cooptación de líderes comunitarios e incluso la instrumentalización de símbolos mayas en sus campañas de comunicación. Nancy recuerda:
«En una conferencia de prensa denuncié el desprecio hacia nuestro saber. Me respondieron: ‘¿Dónde están sus científicos?’ La palabra ‘ciencia’ viene del latín scientia, que significa conocimiento. En nuestras comunidades, un agricultor, un pescador o una comadrona son científicos. Las Guardianas del Lago de San Pedro La Laguna, que han entendido y observado el sufrimiento de la abuela-lago, la han hecho consciente de su enfermedad y de sus dolores; ello las hace científicas.»
El colectivo, apoyado por autoridades locales y otras organizaciones indígenas, libró una lucha tenaz. Manifestaciones, recursos legales, acciones mediáticas… Finalmente, el megacolector fue abandonado. Una victoria rara en un país donde el extractivismo minero, hidroeléctrico o agroindustrial sigue avanzando en detrimento de los pueblos indígenas.
El peso de la historia
Esta resistencia se inscribe en una herencia dolorosa. Desde la conquista española de 1524, los pueblos indígenas fueron despojados de sus tierras y forzados a trabajar en minas de oro y plata. Tras la independencia, la élite criolla vendió tierras ocupadas por comunidades para establecer plantaciones de café. En el siglo XX, compañías extranjeras como la United Fruit Company tomaron el relevo, imponiendo un extractivismo colonial que persiste hoy bajo nuevas formas.
Las luchas actuales, ya sea para frenar un megacolector o proteger un río de una represa hidroeléctrica, prolongan esta larga historia. Recuerdan que la ecología en Guatemala es inseparable de la justicia social y del reconocimiento de los derechos indígenas.
Una ley aún en construcción
En 2024, el gobierno guatemalteco lanzó la iniciativa «Unidos por el agua» y abrió un proceso de consultas para crear, por fin, una ley nacional del agua, reclamada desde hace décadas.
En Sololá, cerca del lago, Nancy participó en esos intercambios. «No negamos la necesidad de una ley, pero debe reconocer la gestión comunitaria. De lo contrario, quedará en letra muerta», explica.
Hoy, es el Consejo de Áreas Protegidas el que gestiona oficialmente la cuenca de Atitlán. Pero las decisiones las toman el Estado y las cámaras empresariales, raramente las comunidades que conviven cada día con el lago.
«Aún tenemos la esperanza de que los aportes recogidos en estos diálogos puedan reflejarse en la ley, a través de una gestión participativa y comunitaria», añade Nancy.
Guardianas de la vida
En las orillas de Atitlán, Las Guardianas siguen avanzando, saco a saco, gesto a gesto. Su presencia recuerda que la ecología no es solo una cuestión de cifras y leyes, sino de cuidado cotidiano, de saberes transmitidos, de vínculos espirituales.
«Nuestras madres y abuelas nos enseñaban que, antes de entrar al agua, había que saludarla y besarla», cuenta Nancy. Ese gesto simple encierra toda una filosofía: el reconocimiento de que el agua no es un bien para explotar, sino una aliada a respetar.
Proteger Atitlán es proteger la vida. Frente a la contaminación, al extractivismo y al desprecio institucional, la perseverancia de estas mujeres transforma su territorio. Su lucha forma parte de un movimiento más amplio: aquel que recuerda que sin agua no hay vida.
Porque aquí, la abuela-lago no pide más que volver a respirar.
Mélina Nantel es periodista independiente y profesional en desarrollo internacional, originaria de Canadá, y actualmente reside en Guatemala. Trabaja como asesora en igualdad de género y comunicación inclusiva para CECI Guatemala y la asociación feminista guatemalteca La Cuerda. Su trayectoria la ha llevado por varios continentes, desde Australia hasta Benín, Perú y Tanzania, siempre en la intersección del periodismo, la educación y la justicia social. Colabora con Gazette des femmes, Pivot y Unpointcinq, donde destaca historias basadas en la justicia social y ambiental, con un enfoque en la resiliencia local y el cuidado colectivo.






