
Al querer silenciarnos, nuestras lenguas se multiplican
13 de mayo de 2026Esta editorial ha sido construida en conjunto, sumando las voces de nuestras colegas del equipo del CDHAL, cada una aportando su mirada, experiencia y compromiso con la justicia social, los derechos humanos y la solidaridad internacional.
Rosalinda Hidalgo, antropóloga mexicana y responsable de las acciones urgentes desde junio de 2019, combina investigación y activismo junto a comunidades indígenas, campesinas y movimientos sociales en América Latina, participando activamente en colectivos de mujeres migrantes en Montreal. Annabelle-Lydia Bricault-Boucher, responsable de educación a la ciudadanía mundial y parte de la organización desde febrero de 2022, aporta su experiencia en relaciones internacionales, educación popular y comunicaciones, acompañando proyectos de sensibilización sobre derechos humanos y extractivismo. Roselyne Gagnon, encargada de la revista Caminando y webmaster desde junio de 2015, coordina publicaciones, infografía y contenidos digitales, con formación en estudios latinoamericanos y ciencia política. Fernanda Sigüenza-Vidal, responsable de comunicaciones, integrante del equipo desde otoño de 2021, desarrolla material educativo audiovisual y dirige investigaciones doctorales en sociología sobre desarrollo crítico, derechos indígenas y teoría de las emociones. Finalmente, Marie-Ève Marleau, agente administrativa desde el verano de 2012, aporta su experiencia en educación ambiental, investigación participativa y movimientos sociales, con un compromiso profundo por la justicia social, ecológica y los derechos humanos.
Hace 50 años se sembró una semilla.
Una semilla frágil, impulsada por la indignación frente a las injusticias y por la convicción de que la solidaridad internacional era posible. Esa semilla se llamaba CDHAL.
Como recuerda Rosalinda, el nacimiento del CDHAL se inscribe en «una manera de responder como sociedad organizada frente a las injusticias». En un Quebec marcado por luchas sociales y por un fuerte espíritu internacionalista, la ciudadanía decidió movilizarse para acompañar las luchas en América Latina. En ese momento también nacieron otras organizaciones de solidaridad, como Desarrollo y Paz, el Comité de Solidarité Trois-Rivières y el Centro Internacional de Solidaridad Obrera (CISO), que daban cuenta de una época en que la sociedad civil quebequense buscaba responder activamente a las crisis políticas y a las violaciones de derechos humanos en la región. En ese contexto, el CDHAL fue pionero en su forma de organización y acción desde una perspectiva internacionalista.
Con el paso del tiempo, esa semilla empezó a germinar.
Roselyne recuerda que, en sus inicios, «el CDHAL casi no tenía medios». Antes de la era del internet y de las redes sociales, la información circulaba a través de los cuerpos y los desplazamientos: personas exiliadas, militantes, comunidades religiosas o voluntarias que viajaban hacia y desde América Latina. Eran ellas quienes traían noticias, fragmentos de historias, testimonios de resistencia. A partir de esos relatos se tejían redes de solidaridad. Hoy, cuando la información llega casi en tiempo real, esta memoria nos recuerda que la solidaridad también se construyó con paciencia, confianza y persistencia.
Esa persistencia sigue alimentando la planta en la que el CDHAL se ha convertido.
Como señala Annabelle, muchas personas se sorprenden por la magnitud del trabajo que realiza la organización: «somos un equipo pequeño, pero hacemos mucho con los recursos que tenemos». Cada año, decenas de actividades de educación popular, series de pódcast, una revista comprometida publicada en francés y en español, y la participación en distintos espacios de la sociedad civil permiten mantener viva una reflexión crítica sobre América Latina. En ese ecosistema, el CDHAL también se ha destacado por su experiencia en temas como el extractivismo y las violaciones de derechos humanos vinculadas a empresas mineras canadienses en América Latina.
Las raíces del CDHAL están profundamente entrelazadas con las luchas sociales.
Para Marie-Ève, una de las contribuciones más importantes de la organización ha sido su capacidad de movilizar a muchas personas alrededor de momentos clave y de amplificar las voces de los movimientos sociales latinoamericanos: la desaparición de los estudiantes de Ayotzinapa, el asesinato de Berta Cáceres o las denuncias sobre la industria minera canadiense en América Latina, por ejemplo, durante el Tribunal Permanente de los Pueblos. «Pocas organizaciones difunden aquí en Quebec información directa proveniente de los movimientos de base en América Latina», explica. El CDHAL actúa así como un puente, transformando la información que llega desde los territorios en herramientas para la reflexión y la acción colectiva.
Pero ninguna semilla crece sola.
Para Fernanda, el papel del CDHAL puede entenderse precisamente como el de un puente: «un puente entre el norte y el sur, pero también entre los sures». En Montreal, este espacio se ha convertido en un lugar de encuentro donde convergen militantes, investigadoras, personas migrantes y aliadas. En un contexto marcado por el individualismo creciente y por una sensación de aislamiento cada vez más extendida, esa capacidad de crear vínculos se vuelve, en sí misma, una forma de resistencia. El CDHAL no es solamente un espacio de difusión de información; también es un lugar donde se cultiva comunidad, pensamiento crítico y solidaridad.
Hoy, el jardín donde crece el CDHAL está atravesado por vientos agrestes.
El avance de la extrema derecha, la crisis climática, la militarización de los conflictos y los retrocesos en materia de derechos humanos generan profunda preocupación. Annabelle señala que los derechos de las mujeres, de las personas migrantes y de las comunidades LGBTQIA2S+ están siendo cada vez más cuestionados en distintos lugares del mundo. Roselyne agrega que las crisis internacionales suelen desviar la atención mediática de América Latina, aunque las violaciones de derechos humanos allí continúan. En ese contexto, seguir realizando un trabajo de vigilancia, documentación y sensibilización se vuelve aún más necesario.
Al mismo tiempo, estos desafíos también nutren los terrenos de nuevas formas de solidaridad.
Marie-Ève y Fernanda destacan que las perspectivas feministas y decoloniales impulsadas por aliadas latinoamericanas han transformado profundamente la manera en que el CDHAL entiende su trabajo. Estas miradas han permitido replantear la solidaridad internacional, no como una ayuda unilateral, sino como un intercambio de saberes, experiencias y luchas. Uno de los aprendizajes más valiosos de este camino ha sido aprender a transformar «la rabia que provocan las opresiones sociales en alegría militante».
Esta transformación también aparece en las reflexiones de Fernanda, quien subraya la importancia de escuchar las críticas que provienen de los sures. Muchos movimientos sociales latinoamericanos han cuestionado modelos antiguos de solidaridad internacional, a veces marcados por dinámicas coloniales. Esas críticas han permitido abrir otros caminos: formas de solidaridad más horizontales, más autocríticas y atentas a las voces de las comunidades que viven las luchas en primera línea.
Así, con el paso del tiempo, el CDHAL ha aprendido también a cultivar de otra manera.
Sembrar ideas.
Regar los vínculos.
Hacer circular historias de resistencia.
Y, a veces, aportar el abono y el cuidado para que semillas sembradas aquí puedan florecer en otras tierras.
Por supuesto, los desafíos siguen siendo muchos. Los recortes presupuestales en programas de solidaridad internacional, la dificultad de llegar a las nuevas generaciones en un mundo saturado de información y desinformación, o la precariedad financiera que enfrentan las pequeñas organizaciones recuerdan que nada está garantizado. Sin embargo, como dice Roselyne, a pesar de todas las dificultades, «el CDHAL sigue vivo 50 años después».
Tal vez esa sea la prueba más clara de que las semillas sembradas hace medio siglo siguen creciendo.
Porque cada lucha visibilizada, cada taller organizado, cada podcast producido, cada encuentro entre comunidades y militantes hace nacer nuevos brotes de solidaridad.
Sembrar resistencia.
Sembrar memoria.
Sembrar solidaridades que, llegado el momento, florecerán.
Para mí, como la integrante más reciente del equipo de educación a la ciudadanía mundial desde el verano de 2024, es un honor poder recolectar estas palabras y sentires junto a aquellas de quienes llevan más tiempo cultivando esta labor. Me llena de alegría celebrar este recorrido, reconocer las semillas de resistencia que hemos acompañado y ver cómo, con cada acción, cada encuentro y cada historia compartida, florecen solidaridades que trascienden fronteras y generaciones. Que este aniversario sea también un recordatorio de que, aunque el futuro sea incierto, algo permanece claro: mientras existan injusticias, seguiremos sembrando, cultivando y haciendo florecer las solidaridades.
Agradecemos de corazón a todas las personas, colaboradoras y aliadas que han acompañado este camino; cada apoyo, cada gesto y cada palabra han sido una semilla que ha hecho florecer nuestra solidaridad. Les invitamos con alegría a sumarse a nuestras actividades de celebración y a compartir juntos y juntas este aniversario tan especial.
Es educadora, artista textil y doctoranda en Estudios y Prácticas del Arte en la UQAM. A través de metodologías colaborativas e inclusivas, promueve espacios donde el arte se convierte en una herramienta de resistencia, memoria y diálogo intercultural. Su enfoque pedagógico valora la diversidad y fomenta la participación activa, con el objetivo de democratizar las experiencias culturales. Ella busca con su trabajo fortalecer las luchas por los derechos humanos en América Latina desde una perspectiva creativa y comprometida.





